En medio del majestuoso Valle del Mezquital, me encontré con una contradictoria dualidad: la fascinación por explorar nuevos horizontes con mis hijos pequeños y la eterna culpa por no encontrar tiempo para escribir. Este viaje, que en un principio parecía alargar más la ausencia de tinta en el papel, terminó siendo un catalizador para entender la redención de la escritura.
El peso de la culpa
Mientras tomaba cerveza y trataba de avivar el fuego, observaba a mis hijos en el desértico paisaje del Valle del Mezquital, un pequeño cerro plantado de palmas, garambullos y biznagas, enmarcado por un enorme mezquite. Sentí un apretón en el pecho. Una voz susurraba que en vez de estar perdiendo el tiempo, debía de escribir .
Los mezquites eran gigantes, no como los de Coahuila. Cada momento que no dedicas a ti mismo es un paso más lejos de tus sueños, repetía la voz, el eco de una frase motivacional que consigue exactamente el efecto contrario. Tal parece que son los tiempos en los que vivimos, las redes y la tecnología son deslumbrantes pero al final queda una sensación desagradable, como de culpa que en algún momento se vuelve insoportable. Le di un trago a la cerveza antes de que el calor la amargara más, mientras la carne siseaba en el asador.
El despertar de la escritura
Al día siguiente paramos a desayunar en la típica barbacoa, después de todo Hidalgo es la cuna de este manjar. En la esquina del local tenían un hoyo tapado por hojas de maguey, el lugar era atendido por 4 mujeres, una se encargaba del comal y las tortillas, otra de la carne, mientras las otras dos hacían la tarea de meseras, media docena de niños nos miraba perplejos desde una esquina. No hay hombres. Todo era delicioso y salvaje, natural.
Pasamos el resto del día en las aguas termales de un balneario, el sol quemaba sin piedad. El niño exploraba las albercas temeroso, no quería que me separara ni por un instante, mientras el resto de niños jugaba a nuestro alrededor en una vorágine. Las nubes comenzaron juntarse, después de unos meses, de pronto la sequía parecía ceder. Poco a poco el niño cobró confianza. Sentí que las emociones y sensaciones que estaba viviendo en este viaje junto a mis hijos merecían ser contadas.

Por la tarde comimos en una fonda, la comida es deliciosa, la señora que atiende el lugar, cuida de sus nietos, el niño se sienta a ver la tele y dibujar con ellos, la más pequeña en brazos de su mamá sonreía fascinada con cada cosa y su risa era contagiosa. Nuevamente, hay una ausencia de hombres en el local, imagino posibles causas. La lluvia se desata con furia, pero solo logra evaporarse al tocar el pavimento. El niño me trae un dibujo con una nube azul de crayola, dice que es un «cielo para papá». Siento una necesidad absoluta por escribir lo que estoy viviendo, algo de mí siente pavor de que algún día nuestros días queden olvidados.

Desde que nació mi primer hijo, constantemente me sorprendo haciendo recuentos de la infancia, en busca de saber exactamente qué se sentía ser niño y crecer. En la plaza del pueblo un reloj marca las horas con campanadas oxidadas. La escritura es un puente, con el que puedo conectar con el pasado y el presente, con mis seres queridos, conmigo mismo. Mientras pienso en esto todos disfrutamos helado, yo elijo el exótico sabor del garambullo, mientras mi hijo mayor prefiera el clásico chocolate.
La redención de la escritura
A pesar de haber disfrutado el viaje, regresar a casa se sintió como un alivio. Explorar el mundo con niños puede ser agotador. Trato de ponerlo todo en perspectiva en mi mente y por momentos me siento liberado como un ave, pero los recuerdos se evaporan. Necesito escribir lo que pasó, la escritura me permite analizar las cosas con detenimiento, que las emociones fluyan y se tornen tangibles.
Reviso el celular tratando de recuperar las cosas que se quedaron atrás con el viaje. Veo un par de notificaciones de una antigua publicación de Facebook . Un poema que había compartido tuvo un comentario y un like. No lo recordaba, pero es una señal.
Compartir es construir una casa grande donde nunca se está solo. En tiempos de redes e inmediatez, la escritura es un modo diferente de existir. Atreverse a compartir a profundidad experiencias y emociones y buscar la trascendencia es más relevante que nunca, escribir permite hacerlo.

En este viaje al Valle del Mezquital descubrí que la culpa de no escribir puede convertirse en una fuerza para liberar las emociones y compartir la existencia. La redención de la escritura no solo permite conectar con quienes nos rodean, sino que también con quienes somos y encontrar significado en cada palabra. La culpa y el miedo nunca deben ser una trampa, en todo caso deberían ser alas.

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