Una vida lidiando con el bullying

Todos fuimos buleados alguna vez, sabemos de qué se trata. Excepto, por supuesto, que nosotros fuéramos los bullies, en ese caso conocemos todavía mejor la naturaleza de este fenómeno.

¿Qué es un bully?

Un ensayo de definición al estilo del diccionario de la Real Academia podría ser:

Del inglés bullying ‘intimidar’.

Bully. Sust. M. Sing. Inadaptado con un ego enorme y un aún más grande déficit de empatía. Su pasatiempo favorito es acosar al prójimo de forma repetida y calculada, causando daño físico y emocional. El único talento del bully es detectar debilidades ajenas y aferrarse a ellas, como tiburón a su presa.

El término puede sonar moderno, pero los bullies son tan antiguos como la humanidad misma. No tengo pruebas, pero tampoco dudas: siempre ha habido gandallas, maloras, trolls, acosadores, matones o como se les quiera llamar. Aunque suelen ubicarse en pasillos escolares o redes sociales, lo cierto es que están en todas partes. Mira alrededor, quizá haya uno más cerca de lo que imaginas.

Bullying en un jardín de niños
«Bully al acecho». Óleo sobre tela, imagen creada con Inteligencia Artificial Gemini

Una vida lidiando con el bullying

Mi historia con el bullying es ambivalente. Cuando era niño mis padres me enseñaron a no golpear a los demás, pero pronto tuvieron que retractarse. En la escuela y donde vivía había niños que me atacaban. Mis padres intentaron de todo: pidieron ayuda a las maestras y las familias de los bullies. Pero no funcionó. Tuve que olvidar lo que me habían enseñado y aprender a defenderme. No tomé clases de kung fu, aunque no hubiera estado mal. Simplemente, un día me planté. No los vencí, pero dejaron de verme como a una presa fácil. Con el tiempo nos hicimos amigos. Luego, hasta yo era de los que molestaba a otros niños.

Adolescentes haciendo bullying
«Para que aprenda». Óleo sobre tela, imagen creada con Inteligencia Artificial Gemini

En la adolescencia el panorama cambió. Crecí y entré a otra escuela más grande y me sentía inseguro, algunos bullies se aprovecharon de eso. Lo nuevo en esta etapa fue que algunos de los que creía que eran mis amigos, en realidad eran quienes me molestaban más. Además, la violencia ya no solo era física, también era psicológica.

QUIZÁ TE INTERESE: Monólogos del fin del mundo

Poco a poco fui ganando confianza y haciendo amigos de verdad. Finalmente me sentí integrado y fue justo en ese momento en que volví a la senda del bully. Molestar y atacar a otros parecía un modo efectivo de ganarse el respeto y la simpatía de los demás, pero era falso. Agredir y humillar me hacía sentir mal, además, había gente que me apreciaba sin tener que recurrir a eso.

En la universidad y mis primeros trabajos, eso quedó atrás como parte de un mundo tribal y primitivo, donde solo el más fuerte tenía derecho a vivir en paz. Me gustaría decir que ahí acabó mi breve historia con el bullying, pero no es así.

Nuevos horizontes laborales me llevaron al mundo Godínez dónde descubrí que la intimidación y el acoso seguían ahí. Ahora tenía otro nombre, mobbing o acoso laboral, pero básicamente era lo mismo. Ya no eran los más fuertes quienes sometían a los más débiles. Los bullies ahora eran psicópatas con palancas que, con un poco de poder, se olvidaban de su humanidad para martirizar a todo el que se dejara. Por suerte sobreviví, pero toparme de nuevo con eso, me dejó un sabor amargo.

El bullying como civilización

De niño aprendí que la violencia no era el camino, que violentos y psicópatas no tenían espacio en el mundo, pero estaba equivocado. En la práctica, sucede lo contrario: la competitividad y el individualismo son la norma en muchos ámbitos, mientras que la solidaridad y la empatía son más bien una rareza.

Hay que admitirlo: los bullies no siempre son unos brutos inadaptados sin cerebro. A menudo son personas con carisma, liderazgo e incluso inteligencia emocional. Solo que, en lugar de usar esos superpoderes para el bien, los emplean para manipular, dominar y sacar ventaja.

La estrategia es clara: detectar vulnerabilidades, aíslar a sus víctimas, atacarlas y alimentarse del miedo y la humillación para obtener beneficios y reconocimiento.

Podría pensarse que actuar de esa manera no rinde frutos, pero al analizar el desarrollo de la humanidad, parece ser un modo muy efectivo de lograr las ambiciones.

Los aztecas hostigaban a otros pueblos.
«El poder del Anáhuac». Óleo sobre tela, imagen creada con Inteligencia Artificial Gemini

Desde la antigüedad griegos y romanos, se dedicaron a bulear a sus vecinos para expandir sus territorios y formar grandes imperios, aunque ellos lo llamaban de otra manera más elegante: Civilización. Sí, llevaron la Filosofía, el Derecho y el Teatro más allá de las fronteras de Europa; construyeron caminos, acueductos y espectaculares arenas, pero ¿a qué costo? ¿Cuántas vidas y culturas cayeron ante su yugo?

Incluso si se analiza la historia de México con parámetros actuales, se podría decir que los aztecas se dedicaban a hostigar y someter a los otros pueblos del Anáhuac para forzarlos a dar tributo. Después vendrían otros bullies más fuertes: los conquistadores españoles, que con el pretexto de traer la religión católica, aprovecharon su supremacía bélica para apropiarse durante siglos de los habitantes y recursos de estas tierras.

La Historia no es más que una sucesión de bullies arrebatándose unos a otros territorios y riquezas para alcanzar el poder. No hace falta viajar en el tiempo para darse cuenta de los alcances del bullying, solo abrir un poco los ojos.

Un bully en la Casa Blanca

El colmo de esta extraña distopía en la que vivimos es tener bullies al frente de las naciones, ya no solo golpeándose en el senado, eso no es novedad, lo preocupante es tener a uno en la presidencia del país más poderoso del mundo.

Donald Trump: Un bully en la Casa Blanca
«Un bully en la Casa Blanca». Óleo sobre tela, imagen creada con Inteligencia Artificial Gemini

Donald Trump goza de comportarse como el clásico bully: ataca y se burla de periodistas y jefes de estado, amenaza y ataca migrantes, presume su fuerza y humilla a quienes piensan diferente a él. Además, como todo bully, no actúa solo: tiene a su alrededor una red de cómplices y seguidores, que apoyan sus «ocurrencias», desde sus posteos en Truth social, hasta sus delirios imperialistas por convertir Gaza en un centro turístico de lujo, gobernar Venezuela o apropiarse de Groenlandia. Lo peor es que no solo callan ante sus abusos, sino que los festejan.

En esta segunda etapa de gobierno de Trump, ha quedado claro que frente a un bully de ese calibre, las estrategias clásicas —como razonar, ignorar o rezar para que Dios lo ilumine— simplemente no sirven. Es necesario unir fuerzas y bajarlo del púlpito donde se siente todopoderoso. Lo más importante: apuntar directo a sus debilidades. La economía y el electorado son los pies de barro de este gigante de oropel. Porque aunque se venda como el mero-mero, es más frágil que jarrito de Tlaquepaque.

Una vida lidiando con el bullying me enseñó varias lecciones importantes. La primera es que el acoso no se va ir solo, hay que enfrentarlo. Callar, ceder o esperar a que cambie solo empeora las cosas. También aprendí que lo que necesita el bully —desde el salón de clases hasta la Casa Blanca— no es compasión, ni explicaciones, sino límites claros y resistencia colectiva. Aunque sea imponente, no es más que una bola de inseguridades mal gestionadas. No es un problema individual, es un tema social que debemos rechazar. La violencia hacia los demás jamás debe ser el medio para el ascenso social. Si no se le pone un alto, no se sabe hasta dónde puede llegar. Los vecinos del norte son el mejor ejemplo.

Sé el primero en responder

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *