Acapulco all inclusive o los peligros de la autoindulgencia

No se puede ser más inclusivo que un resort All Inclusive. Todos somos iguales, mientras llevemos el brazalete de plástico y acatemos los reglamentos de esta extraña utopía vacacional, pero todo tiene dos lados ¿los Todo Incluido son el cielo o el infierno?

Resorts All Inclusive ¿El cielo o el infierno?

La primera vez que fui a algo así fue en el viaje de generación de la prepa. Los maestros nos pedían guardar compostura y moderar nuestro consumo de alcohol, mientras teníamos acceso ilimitado a barra nacional. Una completa contradicción, pero sabían lo que iba a pasar, cada año ocurría exactamente lo mismo. Era nuestro regalo de entrada a la vida adulta.

Vista de la Costera Miguel Alemán, Acapulco
Vista de la Costera Miguel Alemán, Acapulco

El concepto de All Inclusive surgió en la posguerra, como un lugar de descanso en el que todo estuviera resuelto, desde el hospedaje, los alimentos y las bebidas, hasta el entretenimiento, igual que muchas ideas de la época, era algo utópico y revolucionario. El primer Todo Incluido de México se inauguró en los años setenta, con el Club Med en Ixtapa, y a los pocos años le siguió el de Cancún. Con los años se popularizó y conocimos las desventajas de este modelo: explotación laboral, daño ambiental y falta de beneficios para la comunidad.

Guerrero es uno de los estados más pobres y violentos del país y la industria hotelera una de sus fuentes de trabajo más importantes. Frente a la exuberancia de sus selvas y mares se levantan las torres blancas y cristalinas de sus complejos turísticos, bajo la inasequible sombra se refugian humildes vendedoras de pan de plátano, cocos y collares.

Hace unos años conocí a un hombre de Tierra Caliente, Guerrero que salió de su pueblo para ir a trabajar a Acapulco. Contaba su experiencia laboral en las cocinas de los hoteles con recelo y tristeza, había sido un infierno, era el lugar que le había robado parte del alma y la salud.

Camastros apilados en un All Inclusive de Acapulco
Camastros apilados en un All Inclusive de Acapulco

En un All Inclusive todo está diseñado para el disfrute, pero es imposible dejar de sentirse mal por la hostess enfundada en un vestido corto y obligada a sonreir, o por el hombre de la parrilla del snack bar que no deja de sudar o por el bar tender de más de sesenta años que trabaja sin parar durante 10 horas. Por eso le pido que llene nuevamente mi vaso. Solo whisky y hielos, un poco de autoindulgencia, por favor. No vinimos hasta acá a pasarla mal.

La continuidad de las playas

Vista  de la Bahía de Acapulco, desde Playa del Secreto
Vista de la Bahía de Acapulco, desde Playa del Secreto

Desde hace unos años hice el propósito de leer más literatura. Estas vacaciones no son la excepción y mi acompañante en turno es Lucia Berlin con su Manual para mujeres de la limpieza. Su humor negro y visión melancólica me atrapan desde el principio, de alguna manera me identifico, especialmente con sus narraciones de la frontera.

Mientras mi esposa juguetea con los niños en la playa, dispongo de unos minutos bajo la palapa. Busco el libro en la bolsa de playa y lo abro, estaba a mitad de «Carpe Diem» un cuento sobre un conflicto en una lavandería. Doy vuelta a la página y leo el título «Toda luna, todo año», leo dos o tres renglones, cuando escucho un grito a lo lejos.

«Cerró el libro de golpe. A quién se le ocurre ponerse a leer en un complejo turístico.»

Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza

Por la noche los niños parecen zombies, están completamente agotados por el sol y la alberca, después del baño caen de inmediato. Los sonidos de otras habitaciones retumban en la oscuridad. S. también se duerme al instante, aprovecho para escapar a cenar algo y seguir leyendo.

«Era su primera noche allí y estaba sola en el comedor. Camareros de chaqué blanco aguardaban cerca de los escalones que bajaban a la piscina y el bar donde la mayoría de los huéspedes todavía bailaban y bebían.»

Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza

Las coincidencias entre lo que leo y lo que estoy viviendo me hacen sentir parte de una extraña broma. Tengo que cerrar el libro por un momento. Había leido algo así en «La continuidad de los parques» de Julio Cortázar. Un hombre lee una intrigante novela sobre una pareja de amantes que está por cometer el asesinato del esposo de ella y al final la novela cobra vida dentro de su realidad.

Algo que no había entendido hasta ese momento, es que la superposición de planos se daba entre dos ficciones. Una «real», la del lector y otra «fictia», la de la novela que está leyendo. Similar a otras obras de narrativa como Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino o Los ingrávidos de Valeria Luiselli o La historia interminable de Michael Ende. Por un momento pude vivir ese momento casi mágico en carne propia.

Falcor en la película La historia sin fin, basada en el libro La historia interminable de Michael Ende.
Falcor en la película La historia sin fin, basada en el libro La historia interminable de Michael Ende.

«El hotel se le antojó un bloque ordinario y desangelado, torcido en medio de la ladera. Las buganvillas se derramaban por sus paredes como los mantos de una mujer borracha.»

El mismo All Inclusive contrasta con la realidad. Es una ficción creada para que por momentos podamos huir de la realidad.

Afortunadamente hubo ciertos puntos que nos distanciaron, aunque Lucia Berlin y yo compartimos las costas de Guerrero, había algunos años y kilómetros de diferencia. Su cuento se situaba en Ixtapa a finales en los años ochenta y yo estaba en Acapulco en el año 2022.

Después de terminar de leer el cuento regresé a la habitación, me lavé los dientes y al entrar a la cama S. me miró medio dormida.

«Al ritmo de las olas. Sonrieron a la pálida luz y se quedaron dormidos, acoplados como tortugas.»

Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza

Mientras el personaje de Lucia Berlin decide dejar atrás por unos días la superficialidad y ostentación del complejo turístico y vive unos reveladores días en un campamento de pescadores donde vive un romance y aprende a bucear, yo me quedo con S. y los niños en la autoindulgencia del All Inclusive con una misión muy especial: Romper el frágil descanso de los viajantes.

Rompiendo una frágil tranquilidad

Vista de la Zona Hotelera de Acapulco
Vista de la Zona Hotelera de Acapulco

Avanzamos trabajosamente en la zona de la alberca principal, equipados con bolsa de playa, pañalera, toallas y juguetes para hacer castillos de arena, además de una bebé y un niño pequeño. Los camastros escasean, vasos y canastillas de plástico apiladas por doquier, dos hombres gritan y se empujan en la fila de los snacks por ver quien se queda con la última hamburguesa, el niño me aprieta la mano nervioso y la bebé comienza a llorar, mientras la voz de Farruko inunda el ambiente.

«No me importa lo que de mí se diga
Viva usted su vida, que yo vivo la mía
Que solo es una, disfruta el momento
Que el tiempo se acaba y para atrás no vira
Bebiendo, fumando y jodiendo
Sigo vacilando de party todos los días
Síguelo, oh-oh-oh

Farruko, Pepas

Decidimos cambiar de horizontes, y con nuestra pesada carga nos dirigimos a la zona del chapoteadero. Hay camastros y sombra de sobra. Hay un barco pirata, un cocodrilo, una ballena y un hipopótamo que además son resbaladillas. El niño está fascinado, sin música a todo volumen, la bebé puede descansar. Pasamos casi todo el día ahí sin molestar a nadie. Por la tarde S. lleva a la bebé a dormir a la habitación y yo me quedo con el niño.

Los hoteles modernos cuentan con clubes infantiles y chapoteaderos, pequeños guetos en los que pretenden aislar a los más pequeños para que no perturben el sueño adolescente de nadie ¿Qué ha hecho que los niños sean tan intolerables hoy en día?

Entro al restaurante con el niño en brazos gritando y pataleando. Es mi culpa, no quería salir de la alberca y lo saqué a la fuerza. No tenía opción, solo quedaban 30 minutos para que dejaran de dar servicio en el restaurante, minucias que a un niño de 3 años le parecen una afrenta.

Pido una mesa y siento que todos me miran con un poco de odio por venir a romper su frágil tranquilidad con los gritos y el comportamiento violento de mi hijo. Cuando viajas con dos niños pequeños esa sensación de molestia y rechazo te acompaña desde el aeropuerto y te abandona hasta que regresas a casa. En la actualidad está en auge la intolerancia hacia los niños en espacios públicos.

En una mesa enorme come una familia numerosa. Los padres, los tíos y los hijos degustan toda clase de platillos sin ningún orden específico. Cerdo a la caribeña, sopa de hongos, rebanadas de sandía, pozole, pasta a la boloñesa, pastel red velvet, tacos de pescado, arroz con leche y un aguachile. 

En esa mesa un muchacho de 20 años me mira con desprecio mientras mi hijo me suelta un manotazo en el rostro. Parece una familia de migrantes que regresan al país a tomar unas vacaciones. Tienen ese aire de mexicanos de Estados Unidos que no sabría cómo describir. Sus rasgos y color de piel son iguales al de todos pero algo en sus ropas, cortes de cabello y gestos hacen evidente que no son de aquí. Asépticos sí, pero sin alma.

El muchacho de 20, le dice algo a su novia al oído, de seguro algo como «That´s why I don’t want any hijos” y se sueltan a reír, mientras me miran.  Telepáticamente le respondo en mi mejor spanglish «Tranquilo, my friend. Antes de pensar in any children tendrías que dejar de vivir en casa de tus papis y terminar de pagar el student loan”. Esbozo una breve sonrisa. Es mi venganza imaginaria.

Me pasan a una mesa, S. llega con la bebé en brazos y calma al niño. Llenamos nuestra mesa de toda clase de platillos que apenas probamos. Hablamos del mundo como si estuviéramos fuera de él, como si por un momento fuera posible huir. Las olas revientan en la arena, pequeñas embarcaciones surcan el azul del mar, mientras el sol va cayendo entre las palmeras. Después de todo, un poco de autoindulgencia de vez en cuando no parece tan mala.

¿Te agradan los Todo Incluidos o prefieres otro tipo de vacaciones? Si llegaste hasta acá me gustaría mucho saber tu punto de vista.

7 comentarios en «Acapulco all inclusive o los peligros de la autoindulgencia»

  1. Excelente texto! No soy fan de los All Inclusive, pero sigo frecuentándolos. Hay algo en ellos que te convida y al mismo tiempo te hace reflexionar si ese lugar hace sentido.

  2. son esas vacaciones que uno realmente busca por que se encuentra agotado y se vuelve victima de las trampas del hotel como el buffet, la barra, y ahora la modalidad en que tienes un concierge vía whats app para que supuestamente le pidas lo que quieras y te atienda cada 2 horas
    Por cierto me indigna como turista que el buen servicio lo dan únicamente a los extranjeros ya que su propina es en dollar.

    1. ¡Mucha razón, Xosé! A veces uno termina agotado tratando de cumplir con los itinerarios de estos hoteles. Y bueno lo de la preferencia por los extranjeroas da para escribir un artículo completo. Un abrazo y gracias por leerme.

  3. Creo que entre mas edad, mas ganas de ir a un all inclusive tengo… pero cuando estoy ahí siempre me arrepiento, no me gustan los horarios, especialmente el del desayuno. Muy buen texto, me imagino a S. súper linda en su papel de mamá 🫶🏼

  4. No puedo negar que la presenté lectura me atrapo por completo entre el estilo característico del autor y el cómo me llevo a jugar entre la a realidad y la fantasía.
    Muchas felicidades!!!! Me encantó !!!!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *